Las reivindicaciones de un movimiento social
      es un artículo de la profesora de Antropología de la Universidad del país Vasco Carmen Díez Mintegi publicado en GARA el 8 de septiembre de 1999.


      Las reivindicaciones de un movimiento social

      Carmen Díez Mintegui. Profesora de Antropología de la UPV

      Muchas personas están de acuerdo en que el movimiento feminista es el movimiento social que con más fuerza ha calado en los comportamientos y valores humanos, tanto en la sociedad occidental como en otras del ámbito de su influencia. La historia de este proceso, a lo largo del último siglo, no ha sido un camino fácil y trillado, sino que se caracteriza por sus dificultades y discontinuidades. Las personas estudiosas de este movimiento lo dividen en fases a las que denominan "olas del feminismo"; la primera ola transcurrió a lo largo de las últimas décadas del siglo pasado y primeras del presente; la segunda comenzó en los 60, tuvo sus momentos álgidos a finales de los 70 y comienzos de los 80 y se extiende hasta la actualidad, en que se anuncia el comienzo de una "tercera ola" feminista.

      Si bien las reivindicaciones de la primera ola eran claras: derecho al voto femenino y derecho a la educación para las mujeres en todos los niveles de enseñanza, las de la segunda no estaban en un principio tan claras y el movimiento feminista se organizó, junto con otros movimientos sociales, en contra de una sociedad patriarcal, masculinizada y jerárquica. En nuestro ámbito cultural, el derecho al divorcio, al aborto, a una sexualidad propia y al trabajo en igualdad de condiciones que los hombres, así como a ocupar puestos de responsabilidad y poder, han sido las principales reivindicaciones y logros, aunque, por supuesto, estemos lejos de haber conseguido la totalidad de esas propuestas, principalmente en lo que concierne a la presencia de las mujeres en los espacios de poder. La sociedad sigue presentando, a pesar de los cambios que se han dado, una imagen masculinizada que se representa a través de la política, la economía, el ejército, los deportes y la mayoría de actos rituales y festivos.

      Las reivindicaciones feministas de la primera y de la segunda ola forman parte de nuestra vida cotidiana actual. Creo que muy pocas personas se plantean hoy que las mujeres no tienen derecho al voto, a la educación o al divorcio; hay más problemas para reconocer el derecho al aborto y es mucho más sutil y compleja la relación de las mujeres con el mundo laboral. Un elemento común recorre el proceso seguido para conseguir estas conquistas: se trata de que dichas conquistas son tales, es decir, fruto de la "lucha" feminista, y esta lucha, no lo olvidemos, ha sido planteada, básicamente, por grupos minoritarios de mujeres junto a algunos hombres solidarios y en contra de la mayoría de la población y por supuesto, de los poderes establecidos.

      Cuando se señala que una tercera ola feminista está comenzando, no se suelen precisar, por el momento, las características que ésta presen- ta. Sin embargo, tenemos algunos ejemplos cercanos que nos ayudan a delimitarlas. Me refiero en concreto a la lucha que en las localidades de Irun y Hondarribia, grupos de mujeres, en unión de compañeros varones, están llevando durante los últimos años para conseguir participar en igualdad de condiciones que los hombres en los Alardes festivos que se celebran en estas localidades.

      Me consta que a muchas personas que hemos apoyado desde un comienzo esta iniciativa, nos ha costado entender esta reivindicación, ligada a un acto de claras con- notaciones militares y en cuyos orígenes aparece la defensa de unos intereses que enfrentan a sectores del propio pueblo vasco. A pesar de ello, desde el comienzo, haciendo abstracción de las peculiaridades que rodean la acción reivindicativa en sí, entendimos que se trata de un proceso social y que como tal, debe interesarnos el conflicto que ha suscitado, por entender que en dicho conflicto hay distintas partes, en diferentes situaciones de poder, y que en él se niegan derechos ­que muchas y muchos consideramos básicos­ a personas de un determinado sexo. Por eso creo que es fundamental situar la lucha reivindicativa que se está llevando en Irun y Hondarribia en el contexto de lo que ha sido el movimiento feminista a lo largo del último siglo, tanto para entender el meollo de dicho movimiento en la sociedad occidental como para entender esta acción reivindicativa bidasotarra.

      Al igual que una gran parte de la sociedad de finales del siglo pasado ­incluidas mujeres ilustres­ no defendió ni entendió entonces la reivindicación del voto femenino, y de que la mayor parte de la sociedad vasca de los 70 no apoyó las consignas y acciones feministas que se dieron en su seno, vemos hoy la incomprensión e intolerancia que rodea la acción iniciada por mujeres y hombres de Irun y Hondarribia. Es importante tener en cuenta, que en los tres momentos históricos, a la falta de apoyo y a la incomprensión se añaden la represión y la violencia, tanto por parte de personas civiles, como de las propias fuerzas de orden público.

      El conflicto planteado en torno a la participación en ambos Alardes, lejos de ser un tema local que sólo concierne y debe ser solucionado por los propios integrantes de esas comunidades, es un problema que trasciende los límites locales y pone sobre el tapete las peculiaridades del meollo de la lucha feminista en el momento actual. Uno de los logros pendientes de este movimiento social es el cambio de esa realidad masculinizada que presentan los espacios ­materiales y simbólicos­ de la sociedad actual.

      Las mujeres que participan de forma activa en la política, reconocen las dificultades que tienen diariamente, tanto dentro de sus propios partidos como en el campo más amplio de la práctica política generalizada. En mi opinión, les falta dar un paso más: reconocer que en el marco social actual, son los partidos políticos vascos en el poder (y no un dictador español), quienes toman las decisiones de reprimir las acciones reivindicativas que se llevan a cabo en esas localidades. Declarar como antimanifestación a la compañía mixta Jaizkibel, retener la publicación de sentencias en contra de la actuación de la Ertzaintza, utilizar la fuerza pública para impedir la libre manifestación, alentar los comportamientos intimidatorios... son sólo algunas de estas acciones. Reconocer esta implicación y, al mismo tiempo, reconocer que la falta de participación y poder femenino está ligada a la falta de participación y poder en los distintos ámbitos sociales son requisitos indispensables para un avance en la consecución de una sociedad más justa.

      Se habla hoy de una sociedad globalizada, pero al mismo tiempo se reconoce la fuerza que va tomando la creciente configuración de identidades locales. En la construcción de una identidad local entra en juego la selección de una serie de características; si la selección es cerrada, la exclusión y la inclusión actuarán como un potente filtro que dejará fuera todo lo que no sea como "ellos", es decir, lo que no se sujete a las reglas determinadas por los poderosos. Muchas y muchos que no son poderosos están por supuesto de acuerdo con ellos; la sumisión suele ser consecuencia de la dependencia.

      A lo largo de su historia, el movimiento feminista ha demostrado que sus reivindicaciones, basadas en los derechos de las mujeres por ser éstas directamente excluidas de los beneficios sociales por su condición de tales, ha trascendido ese mundo femenino y sus logros son hoy considerados derechos humanos. Paradójicamente, esos derechos humanos se han conseguido soportando la burla, la incomprensión y la violencia de gran parte de la sociedad. No parece que, de momento, se vislumbre otro camino para mantener lo "humano" que caracteriza a nuestras sociedades. *

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